El 21% de la población suiza es extranjera Es, con mucha diferencia, el país europeo con mayor tasa de no nacionales
La Confederación Helvética parece decidida a enterrar su tradición de tierra de asilo y trabajo para el extranjero. Pese a la bonanza económica, una ola de ultraconservadurismo y miedo al inmigrante ha cristalizado en Suiza en el triunfo del partido nacionalista y xenófobo de Christoph Blocher en las elecciones legislativas del domingo pasado. Después de Le Pen y Haider, el populismo tiene un nuevo tribuno en Europa.
«En Suiza hay demasiados extranjeros». El lema simplista de Blocher arrasó en la Suiza alemana y por vez primera se ha hecho sentir también en la francófona. En las elecciones de 2003, su Partido Popular (SVP-UDC) dio la sorpresa al obtener la primera mayoría, muy por delante de los cuatro partidos tradicionales, con el 26.7 por ciento de los votos. El domingo pasado, su resultado en las legislativas subió hasta el 28,8 por ciento, a costa del partido socialista, que cayó tras haber centrado su campaña en criticar los «argumentos racistas» de Blocher.
El líder del SVP -un industrial suizo-alemán cuya fortuna se estima en 1.900 millones de euros- «dice en voz alta lo que muchos suizos piensan», afirma Sinforiano de Mendieta, un empresario español afincado en Zurich, «pero no hace justicia a la realidad: las grandes plusvalías de este país se han hecho con mano de obra extranjera; es cierto que todo se ha llevado a cabo con mucho orden, y con mucho miedo: ahora lo que funciona es el miedo».
Todavía hay clases
Suiza tiene siete millones y medio de habitantes, de los que el 21 por ciento son extranjeros. Es, con mucha diferencia, el país europeo con mayor tasa de no nacionales, una realidad impuesta en cierta medida por las hiperrestrictivas leyes de extranjería, que niegan por ejemplo la nacionalidad suiza automática a los hijos y nietos de inmigrantes nacidos en el país. Suiza se niega a integrar a sus inmigrantes, pero los necesita y al mismo tiempo los elevados sueldos actúan de reclamo.
Mientras los inmigrantes procedían de Italia, España y Portugal, la sociedad helvética se sentía segura. Además, antes de que llegaran, los suizos no sabían cocinar los «spaguettis» ni tomar un café en condiciones. Ahora esas comunidades experimentan un rápido proceso de retorno de expatriados (España llegó a tener 200.000 emigrantes en Suiza y hoy la cifra se estima en 75.000), y son remplazadas por otras más «conflictivas», en particular las musulmanas y las balcánicas.
El cambio de panorama explicó la primera victoria del SVP en las elecciones de 2003. Ese triunfo permitió a Blocher hacerse un hueco en el Gobierno colegiado de Berna, nada menos que como ministro de Justicia. «Dice cosas que tienen un gran sentido común, y por eso llega más al pueblo que otros líderes políticos», afirma un diplomático comunitario en Ginebra que pide el anonimato. Por otra parte, el origen campesino de Blocher, del que presume, y sus ademanes torpes, con gritos y admoniciones nunca vistos entre los políticos burgueses, caen muy bien en los sectores populares de la Suiza germánica, y también ahora -a tenor de los resultados electorales- de la románica.
Es su vertiente racista la que levanta más temores. El SVP ha invertido muchos millones de francos en una campaña contra los inmigrantes de claro signo xenófobo. Un póster del partido representaba tres ovejas blancas, que pateaban fuera del país a una negra. Otros carteles más soeces han utilizado ratas, y el propio Blocher ha llegado a calificar alguna vez de «gitanos» a los inmigrantes balcánicos. «Cualquier delito que se comete en Suiza tiene detrás a un extranjero, a ser posible kosovar; ésa es la tónica de muchos políticos y la prensa suiza ha entrado al juego», se queja el mismo diplomático ginebrino.
No sin ellos
El partido de Blocher ha prometido presentar medidas más duras contra el crimen y la inseguridad, que el ciudadano de a pie identifica con el extranjero. Un proyecto de consulta popular propondrá la expulsión de Suiza de los inmigrantes delincuentes, y también de sus familias por no haber sabido disuadirles. El SVP quiere también un referéndum para prohibir la construcción de minaretes en los lugares de culto musulmanes, aunque en general la actitud del partido es más tolerante con los árabes -la mayor parte de los jeques del Golfo tienen cuentas en Suiza, al abrigo del secreto bancario- que con los balcánicos y centroeuropeos.
Durante años, Blocher fue la bestia negra en los cantones franceses. La gran sorpresa electoral del domingo pasado fue su victoria en Ginebra «la roja», tradicionalmente gobernada por los socialistas. «Para nosotros no ha sido una sorpresa», declara a ABC el dirigente del Partido Popular en Ginebra, Erick Bertinat. «Llevamos años demostrando que la izquierda y los partidos burgueses no se ocupan de las verdaderas preocupaciones de los ginebrinos, que son el exceso de trabajadores de fuera, las cárceles llenas, la Justicia y la Policía desbordadas, la dificultad para encontrar vivienda, o los asilados acampados junto al Lago de Léman», enumera Bertinat, a modo de cantinela muy sabida.