Las Fuerzas Armadas turcas son las segundas más grandes de la OTAN, después de las de Estados Unidos. El Ejército de tierra cuenta con 402.000 efectivos; la Aviación con 63.000 y las Fuerzas Navales con 53.000. Su participación en la vida política del país es activa y, en los últimos 40 años, ha protagonizado cuatro golpes de Estado.
Hace recién dos años, mientras reinaba en Turquía el optimismo pro-europeo, parecía que el poder se encontraba en una vía irremisible de desmilitarización. El 27 de abril, un comunicado del Ejército, amenazando con intervenir en la crisis política que vive el país, bastó para arruinar esta certeza.
Es habitual que el peso de los militares en la política se intensifique en períodos de incertidumbre. Ya durante el imperio otomano, los jenízaros solían asesinar e imponer visires y sultanes. Pero fueron también los oficiales otomanos quienes intentaron modernizar al imperio.
Sobre sus cenizas, el general Mustafá Kemal Ataturk, inspirado en la idea de que el Ejército era “el alma de la nación”, fundó la república moderna en 1923. El servicio militar, instaurado en 1927, tuvo como objetivo inculcar al país, la “civilización”: laicismo y formas culturales occidentales, sobre un fondo de exaltación de la etnia y de la nación turcas.
Tras la muerte de Ataturk, los militares hicieron del “kemalismo” un dogma y se arrogaron el deber de velar por su “eterno” respeto, para poder inmiscuirse en la vida política.
En 1950, tras 27 años de partido único, las elecciones dieron el poder al Partido Demócrata, cercano a los religiosos. La apertura económica y política, con adhesión a la OTAN, también generó desorden y luego autoritarismo.
Jóvenes oficiales radicales se apoderan del Gobierno en 1960 y se refuerza el prestigio del Ejército, percibido como factor de estabilidad. Ese libreto se repitió en 1971 y, a una escala mayor, en 1980: una cuasi guerra civil que había causado cerca de 5.000 muertos, desemboca en tres años de dictadura militar.
Todavía pesan hoy las secuelas de ese “salvataje”. Sigue vigente, en parte, la Constitución de 1982, escrita por los golpistas y aprobada por referendo. Hasta 2003, estipulaba que las “opiniones” del Consejo Nacional de Seguridad (MGK) se “considerarían prioritarias” por el Gobierno. Desde entonces, el MGK impuso su voluntad a los sucesivos gobiernos. Pero el peligro islamista había suplantado ante los ojos del Ejército al peligro comunista.
“MILAGRO” FUGAZ
Pero fue sobre todo el peligro “terrorista” (la rebelión desatada en 1984 por el Partido de los Trabajadores Kurdos, el PKK), lo que legitimó el poder de los militares, defensores de la integridad territorial del país. Lejos de haber sellado la unidad del país, la guerra ensanchó la brecha étnica y gangrenó el cuerpo del Ejército.
El arresto en 1999 de Abdullah Ocalán, jefe del PKK, puso fin a esas desviaciones. Fue el año en que Turquía, alentada por haber obtenido el estatus de candidata a la Unión Europea (UE) lanza su movimiento de reformas. En 2001 tres civiles se incorporan al MGK, cuyas opiniones dejan de ser “prioritarias”.
Pero corresponderá en 2003 al Gobierno de Erdogan (es islamista y poco querido por los militares), proceder a los principales cambios: un civil se convierte en secretario general de MGK y su aparato de 700 personas se ve reducido.
La razón de este “milagro” es que en ese momento más del 70% de los turcos deseaban ingresar a la UE y ésta insistía en una reducción del peso del Ejército, incapaz ahora de oponerse sin perder prestigio.
Sin embargo, las inconsecuencias de la UE terminaron por revertir la opinión pública en Turquía. Los generales turcos ahora se sienten libres para volver a sacar la voz. Hacen gala de sus planes para invadir el Kurdistán iraquí, vuelven a lanzar ofensivas en Turquía contra el PKK y multiplican sus advertencias en contra de las “faltas al laicismo” atribuidas al Gobierno.
Su última advertencia, expresada en el sitio Internet del estado mayor, impidió que el Parlamento procediera a elegir Presidente de la República a Abdullah Gul y fue calificada de “golpe de Estado virtual”. Hubo que salvar imperfectamente las formas mediante un pronunciamiento al respecto de la Corte Constitucional, que adelantó las elecciones.
© Le Monde
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